Al amanecer del tercer día, con el desierto aún fresco y el Golfo Pérsico reflejando los primeros rayos de luz, Shahid 1-1 y su wingman se prepararon para una misión que los llevaría más allá de los límites de la base. Esta vez no se trataba de dominar la máquina, sino de navegar por el mundo que se extendía bajo sus alas. El objetivo era claro: despegar de Bandar Abbas, activar el sistema de navegación inercial y volar hacia la isla de Lavan, un punto remoto en medio del mar, siguiendo waypoints precisos sin depender de referencias visuales constantes. El Mirage rugió al encenderse, y pronto los dos aviones se elevaron en formación, dejando atrás la costa y adentrándose en el vasto azul. El piloto debía confiar plenamente en los instrumentos: coordenadas introducidas con cuidado, rumbo mantenido con precisión, altitud constante sobre un océano que no ofrecía puntos de referencia. Durante el trayecto, el silencio de la radio solo se rompía por breves comprobaciones entre líder y wingman. El sol subía, calentando la cabina, mientras la isla aparecía finalmente en el horizonte como una promesa cumplida. Al llegar al waypoint sobre Lavan, dieron media vuelta y emprendieron el regreso, repitiendo el desafío en sentido inverso. Cuando las ruedas tocaron nuevamente la pista de Bandar Abbas, Shahid 1-1 sintió que había conquistado algo más que distancia: había aprendido a encontrar su camino en la inmensidad, guiado solo por la máquina y su propia determinación. El cielo ya no era solo un espacio para maniobrar; ahora era un mapa que podía leer, un territorio que pertenecía a los guardianes del aire iraní.
