A la mañana siguiente, con el calor ya apretando como una mano invisible, Shahid 1-1 regresó al cockpit de su Mirage, esta vez acompañado por su wingman en una formación de dos. La misión era un salto al abismo: arrancar el motor aún tibio del vuelo anterior, despegar con decisión y dirigirse a una zona abierta sobre el mar, donde nadie interrumpiría su danza con el cielo. Allí, en el vasto azul, el piloto debía probar los límites del avión y los suyos propios. Rolls rápidos que giraban el mundo como un carrusel, loops que lo lanzaban hacia el sol hasta casi rozarlo, barrel rolls que lo hacían rodar en espiral como una hoja en tormenta, stalls deliberados que dejaban el Mirage colgando un instante eterno antes de caer, y un split-S que lo invertía por completo para descender en picado hacia el mar turquesa.
Luego venía lo más crudo: simular un fallo del motor, sentir el silencio repentino y el glide desesperado, intentando reencenderlo antes de que el océano se acercara demasiado; y finalmente, practicar el gesto de eyección, aunque solo en seco, imaginando el estallido que lo salvaría. No era solo volar; era confiar en que el hombre y la máquina podían desafiar la gravedad, el fuego y el vacío. Cuando regresaron a base, con el fuselaje aún vibrando de las fuerzas soportadas, Shahid 1-1 comprendió que había cruzado otra frontera: ya no era un novato, sino alguien capaz de mirar al peligro a los ojos y salir victorioso. El desierto y el Golfo guardaban sus secretos, pero él empezaba a conocerlos.


